martes, 22 de abril de 2014

Asesinato involuntario ante una lluvia de estrellas

Me siento a fumar
un cigarrillo en la taza

mientas veo salir
de un agujero en la pared
a corretear por el suelo
de mi casa

del pueblo

un grupo de hormigas
que a la mente me traen a Lorca
porque, si miro un poco más arriba,
por la ventana
veo las estrellas.

Y me pregunto
si se detendrán ellas
esta noche a mirar
la lluvia de meteoros.

Eso me ha hecho recordar
a las cucarachas que aparecen de vez en cuando
y por cualquier parte
de mi piso de la terra

y en mí
intentando mostrarles el camino,
la salida a la terraza
para no tener que acabar con su senda.

Éstas, seguro, nunca habrán visto las estrellas,
pues no las he visto ni yo
en el cielo “naranja-minado” de la city de las taronjas.

Al levantarme,
piso sin darme cuenta
un par de hormigas
que andaban cerca.

Han quedado moribundas,
medio tiesas.

Algunas compañeras
acuden valientes a portarlas,
devolverlas a casa
a través del agujero;

y quiero imaginar que, como la hormiga del poema de Lorca,
al menos ellas,
sí han visto alguna vez las estrellas.

Aun así, salgo del baño triste,
meditabundo,

cagándome en Dios,
en la contaminación,
en la lluvia de Líridas,
en los hombres

y en la puta vida eterna.

domingo, 2 de marzo de 2014

Canción de humo y fuego

Ahora que la calma se hace en la casa
y afuera no se oye más
que los pitidos del camión de la basura,

justo en este instante en que se crea esta neblina en el salón
y me siento aquí
cansado

desplomado;

me acuerdo de los días
en los que las ciudades ardían
y la vida era frenética y dramática a la vez,
como una canción de Eskorbuto.

Como un rayo cayendo
partiendo un árbol en mitad de la noche,
provocando un incendio
tras otro incendio
tras otro

sumergir al ser
en un fuego
                   agitado
        por                       circulares
                 corrientes
que le va haciendo
crecer

y achicarse,
según le dé el aire.



Hay veces
que el viento sopla tan fuerte que acongoja

como un político suelto y con trabajo.

Otras,
te hace sentir poderoso
la espiral

y giras
y te mueves
sin parar,
meneando los brazos
al ritmo de las caderas,
a contratiempo del corazón,

(des)controlando tu cuerpo
en mitad del rocanrol del tiempo,

el cual te acabará apagando
igual que a una cerilla
que alguien encendió por diversión,
o, peor,
por aburrimiento.


Nos conocimos en la hoguera, nena,
dentro de un contexto así de aleatorio,
en una época de combustiones;

nos cruzamos
ardiendo en esta dimensión,

como las líneas perpendiculares
que, además de unirse,
se atraviesan.

Nos unimos para crear un fuego gigante ese invierno,
una hoguera acogedora pero que, si se expandía,
era temible,
poderosa.

Nos hicimos polvo en aquel salón
tantas veces,
que la definitiva nos tenía guardado un desierto
con cientos de tormentas de arena

y andar en soledad cada uno su camino,

y ningún oasis,
pero sí “don´t look back in anger”.


Sin nada de rencor,
pero hecho cenizas

me encuentro

calmado,
ocultando los rescoldos
de mis etapas.
Acostumbrándome a la neblina del salón,
que no es más que humo
que me sale del cuerpo.

Sé que un día de estos voy a prender otra vez.


miércoles, 19 de febrero de 2014

"Beber para contarlo"

Otra vez lo hicimos
en un sitio diferente.

Estuvimos muchos de los de siempre,

faltaron unos pocos
de los de "nunca
suelen faltar".
Hubo gente nueva,
buena gente.

Así que
lo hicimos otra vez.


Algunos le buscaban el sentido,
otros las excusas,
pero todos,

en el fondo,

sabemos
el porqué.
Lo hicimos

y ya van 8,
ó 7.

A estas alturas ya hemos perdido la cuenta
de todas las cervezas
que nos hemos tenido que "Beber
para contarlo".

jueves, 2 de enero de 2014

Conversación entre una psicoanalista y su pareja.

-  Cariño, ¿dónde quedó nuestra pasión? Ya no me dices guarradas con las que poder recrearme y fantasear, ni me recitas ninguna de tus poesías como solías hacer antes. Ni siquiera follamos con la misma frecuencia. Llevamos ya tres días sin hacerlo, ¡tres! Te pasas los días como ausente, siempre con ese ordenador ahí tirado.

-  Sabes que te quiero, nena. Y me conoces. No es más que una de mis malas etapas. Si quieres ahora vamos y me psicoanalizas en el diván.

-  Ojalá supiese. O pudiese…

-  (Sonríe). Es igual. Simplemente como fantasía, como hemos hecho alguna vez. Me psicoanalizas, y así seguro que descubrirás que lo que de verdad me ocurre es que me muero por follar contigo. Después, me follas, y asunto arreglado.  Aunque, a partir de entonces, sabes que tendremos que dejar de ser paciente y psicoanalista

-  ¿Por qué?

-  ¡Porque sabes que está prohibido! No es nada profesional follarte a tus pacientes, cariño.

-  (Sonríe pícaramente). Sabes que yo jamás haría eso...
Además, en esta relación creo que no está muy claro quién de los dos es el paciente.

-  (Ríe con ganas). ¡Pues claro que está claro! Lo soy yo. Visto lo visto esta noche, la impaciente eres tú.