domingo, 2 de marzo de 2014

Canción de humo y fuego

Ahora que la calma se hace en la casa
y afuera no se oye más
que los pitidos del camión de la basura,

justo en este instante en que se crea esta neblina en el salón
y me siento aquí
cansado

desplomado;

me acuerdo de los días
en los que las ciudades ardían
y la vida era frenética y dramática a la vez,
como una canción de Eskorbuto.

Como un rayo cayendo
partiendo un árbol en mitad de la noche,
provocando un incendio
tras otro incendio
tras otro

sumergir al ser
en un fuego
                   agitado
        por                       circulares
                 corrientes
que le va haciendo
crecer

y achicarse,
según le dé el aire.



Hay veces
que el viento sopla tan fuerte que acongoja

como un político suelto y con trabajo.

Otras,
te hace sentir poderoso
la espiral

y giras
y te mueves
sin parar,
meneando los brazos
al ritmo de las caderas,
a contratiempo del corazón,

(des)controlando tu cuerpo
en mitad del rocanrol del tiempo,

el cual te acabará apagando
igual que a una cerilla
que alguien encendió por diversión,
o, peor,
por aburrimiento.


Nos conocimos en la hoguera, nena,
dentro de un contexto así de aleatorio,
en una época de combustiones;

nos cruzamos
ardiendo en esta dimensión,

como las líneas perpendiculares
que, además de unirse,
se atraviesan.

Nos unimos para crear un fuego gigante ese invierno,
una hoguera acogedora pero que, si se expandía,
era temible,
poderosa.

Nos hicimos polvo en aquel salón
tantas veces,
que la definitiva nos tenía guardado un desierto
con cientos de tormentas de arena

y andar en soledad cada uno su camino,

y ningún oasis,
pero sí “don´t look back in anger”.


Sin nada de rencor,
pero hecho cenizas

me encuentro

calmado,
ocultando los rescoldos
de mis etapas.
Acostumbrándome a la neblina del salón,
que no es más que humo
que me sale del cuerpo.

Sé que un día de estos voy a prender otra vez.


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