Ahora que la
calma se hace en la casa
y afuera no
se oye más
que los
pitidos del camión de la basura,
justo en
este instante en que se crea esta neblina en el salón
y me siento aquí
cansado
desplomado;
me acuerdo
de los días
en los que
las ciudades ardían
y la vida
era frenética y dramática a la vez,
como una
canción de Eskorbuto.
Como un rayo
cayendo
partiendo un
árbol en mitad de la noche,
provocando un
incendio
tras otro
incendio
tras otro
sumergir al
ser
en un fuego
agitado
por circulares
corrientes
que le va
haciendo
crecer
y achicarse,
según le dé
el aire.
Hay veces
que el
viento sopla tan fuerte que acongoja
como un
político suelto y con trabajo.
Otras,
te hace
sentir poderoso
la espiral
y giras
y te mueves
sin parar,
meneando los
brazos
al ritmo de
las caderas,
a
contratiempo del corazón,
(des)controlando
tu cuerpo
en mitad del
rocanrol del tiempo,
el cual te
acabará apagando
igual que a
una cerilla
que alguien
encendió por diversión,
o, peor,
por
aburrimiento.
Nos
conocimos en la hoguera, nena,
dentro de un
contexto así de aleatorio,
en una época
de combustiones;
nos cruzamos
ardiendo en
esta dimensión,
como las
líneas perpendiculares
que, además
de unirse,
se
atraviesan.
Nos unimos
para crear un fuego gigante ese invierno,
una hoguera
acogedora pero que, si se expandía,
era temible,
era temible,
poderosa.
Nos hicimos
polvo en aquel salón
tantas veces,
que la
definitiva nos tenía guardado un desierto
con cientos de tormentas de arena
con cientos de tormentas de arena
y andar en soledad cada uno su camino,
y ningún
oasis,
pero sí “don´t look back in anger”.
Sin nada de rencor,
pero hecho
cenizas
me encuentro
calmado,
ocultando
los rescoldos
de mis
etapas.
Acostumbrándome
a la neblina del salón,
que no es
más que humo
que me sale
del cuerpo.
Sé que un
día de estos voy a prender otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario