- Cariño, ¿dónde quedó nuestra pasión? Ya no me dices
guarradas con las que poder recrearme y fantasear, ni me recitas ninguna de tus
poesías como solías hacer antes. Ni siquiera follamos con la misma frecuencia.
Llevamos ya tres días sin hacerlo, ¡tres! Te pasas los días como ausente,
siempre con ese ordenador ahí tirado.
- Sabes que te quiero, nena. Y me conoces. No es más que una
de mis malas etapas. Si quieres ahora vamos y me psicoanalizas en el diván.
- Ojalá supiese. O pudiese…
- (Sonríe). Es
igual. Simplemente como fantasía, como hemos hecho alguna vez. Me
psicoanalizas, y así seguro que descubrirás que lo que de verdad me ocurre es
que me muero por follar contigo. Después, me follas, y asunto arreglado. Aunque, a partir de entonces, sabes que
tendremos que dejar de ser paciente y psicoanalista
- ¿Por qué?
- ¡Porque sabes que está prohibido! No es nada profesional
follarte a tus pacientes, cariño.
- (Sonríe
pícaramente). Sabes que yo jamás haría eso...
Además, en esta relación creo que no está muy claro quién de los dos es el paciente.
Además, en esta relación creo que no está muy claro quién de los dos es el paciente.
- (Ríe con ganas). ¡Pues claro que está claro! Lo soy yo. Visto
lo visto esta noche, la impaciente eres tú.
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